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"Un mundo mejor". Juan Manuel Romero escribe sobre "La poesía vista desde el espacio" en la revista Nayagua



En el número 23 de la revista de poesía Nayagua, publicada por el Centro de Poesía José Hierro, podéis leer esta reseña que el poeta Juan Manuel Romero escribe sobre el poemario La poesía vista desde el espacio, de David Eloy Rodríguez (De La Luna libros, 2014). 

Una atenta, precisa y preciosa lectura de la obra que os reproducimos aquí:


Un mundo mejor
Juan Manuel Romero

La poesía vista desde el espacio
David Eloy Rodríguez
Mérida (Badajoz), de la luna libros, colección Luna de Poniente, 2014

La obra poética de David Eloy Rodríguez (Cáceres, 1976) tiene como objetivo fundamental la transformación de la vida. Su deseo de cambio para el individuo y la sociedad está presente desde el poema que abre su primer libro, Chrauf: “Estamos buscando todos / el elixir / que nos convierta / en / absolutamente / locos / perdidamente / niños”. La poesía ofrece un espacio a la locura del entusiasmo frente al pragmatismo utilitarista que sacrifica la vida de muchos por el confort de unos pocos; una manera de plantarle cara a la realidad desde esa inocencia máxima que son los ojos de la infancia cuando interrogan sin paliativos por la verdad de las cosas. 

A lo largo de una trayectoria que abarca siete libros —el mencionado Chrauf (1996), Miedo de ser escarcha (2000), Asombros (2006), Los huidos (2008), Para nombrar una ciudad (2010), Desórdenes (2014), y el título que nos ocupa—, esta búsqueda humana y estética no ha dejado de crecer, ampliarse y desplazarse en tonos y registros sin alejarse ni un milímetro de su núcleo germinal, con una coherencia admirable durante casi veinte años de escritura. La poesía vista desde el espacio supone, dentro de ese itinerario, un alto en el camino para reflexionar sobre el propio oficio y un gesto de transparencia en la línea de los Adagia de Wallace Stevens o de Lo naciente de Hugo Mujica. En efecto, Rodríguez se detiene un momento en el viaje y nos enseña su maleta, en cuyo fondo encontramos anhelos, recuerdos, certezas, propuestas y, sobre todo, una ecuación personal para dar con la alquimia del cambio: “vivir de veras, decir de veras, hacer para siempre”. 

Con un lenguaje lírico y fragmentario, conceptual y aforístico, sencillo y libre, La poesía vista desde el espacio se ocupa de definir, diseñar y aplicar el poema como instrumento posible de modificación de la realidad desde la raíz de un desacuerdo profundo con el estado de las cosas: “El mundo no está hecho / especialmente para nosotros”. Cada texto es una aproximación a lo que la vida podría ser si en cada individuo existiera el deseo de amar “con todo el cuerpo” y “en cada palabra”. Su propuesta gira sobre la fe en el poder de las palabras: “Cada palabra, cada gesto altera el mundo, lo construye / y lo cambia, afirma o resiste. // Una metáfora es el comienzo de un mundo”. El arranque del libro juega con la ficción cósmica, como lo haría Ray Bradbury, y crea una perspectiva: el que explora otros mundos, el que se distancia, el que desaparece un poco, o mucho, tiene argumentos para comparar, para empezar a entender. Sólo desde una cierta separación se escapa al solipsismo (“El yo es todo lo contrario al amor”), se equilibra la visión interior y exterior, la experiencia de uno y la de todos. Por eso, aunque la poesía se ve “chiquitita” desde fuera de nuestra atmósfera, también es lo que, en el fondo, entendida como la verdad que íntimamente nos mueve, rige nuestras vidas: “Los poemas nos arrastran, nosotros obedecemos”. De esa doble visión surge un discurso necesariamente paradójico: “Ser poeta, en cierto sentido, / es no querer ser poeta”, “La transparencia es hermética”, “El amor es una forma del tiempo / que deshace el tiempo”, o “Vamos a morir / de tanta vida”. David Eloy Rodríguez sabe mirar desde fuera y desde dentro, y siempre desde la celebración y el asombro por cada detalle que expresa la existencia, ya sea el roce de las dunas en el desierto, la belleza irrepetible de un crepúsculo como una “salvaje catedral”, o la sonrisa de alguien que nos incita al canto: “Canto porque hay 500.000 millones de galaxias, / pero aquí tenemos / todo lo necesario para brillar”. 

Por otro lado, el libro rebasa el peligro de caer en la mistificación por la vía de la crítica, a veces contundente, de determinadas imposturas o de ciertas maneras de malversación del género. Así se evidencia en “Oficio”, “Un poema es un viaje”, “No hay que confundir la poesía con la poesía” o “Lo que da de sí la poesía, y lo que da de no”, textos en los que se llega a tildar a los poetas de “tontos banales / que necesitan llamar la atención”. Alguien para quien las palabras son una responsabilidad y una forma de honradez con lo real no puede quedarse callado frente al uso decorativo, inflado, de la poesía que sólo dice “pomposas patrañas huecas”. La inteligencia poética de Rodríguez se muestra en todo momento sensible al abuso del lenguaje dentro del propio lenguaje. Y se incluye a sí mismo en el reproche: “Sorprende la tenacidad con la que nos entregamos / a desperdiciar las ocasiones”. Su posición es ética en el mejor sentido de la palabra: el bien y el mal están con frecuencia demasiado cerca y la poesía asume también una labor quirúrgica: separar el “lenguaje cómplice” del lenguaje “agotado, enfermo / de funcionalidad”. Las referencias a Nietzsche, Lautréamont, Kafka o René Char, entre otros, indican que esa crítica no está en absoluto mal documentada. Así, la conciencia de “una moral de la forma” se suma a la fuerza de las imágenes y los esquemas anafóricos con un mismo objetivo: poner en evidencia las falsificaciones de confesionario, o “concesionario”, de la propia poesía. En ese sentido, se recurre igualmente a la lupa de la ironía, al guiño ingenioso, las greguerías, los juegos de palabra o las fábulas contra las lógicas de lo ruin (“El ajusticiado”, “Resentimientos imaginarios”, “Acto seguido”). A su manera, esta poética responde al diagnóstico de Baudrillard cuando indica que “no somos más que episódicamente conductores de sentido”. Así lo declara Rodríguez en otro lugar: “El malentendido es la norma. La comunicación es la excepción. El amor es el milagro. Así pues: Escribir por amor. Escribir para entender el mundo. Escribir para la transformación”. 

Existe una cierta actitud, incluso dentro de la cultura, que trata de convencernos de que “la poesía no es ni económicamente provechosa ni políticamente efectiva […] y que está destinada a ser un lujo, un adorno para decorar la mesa del buffet del currículo universitario, una ceremonia o una conmemoración nacional”, como acertó a señalar Adrienne Rich; una actitud hostil a la auténtica cultura que enmarca la crisis global de pérdida de credibilidad de la poesía en la sociedad contemporánea. La poesía vista desde el espacio viene a oponerse enérgicamente a esta situación con versos a veces duros y siempre lúcidos, sinceros y sabios. De profunda raigambre machadiana, lleno de instantes luminosos, de aperturas de conciencia, el conjunto opera no sólo como declaración de principios sino como defensa a ultranza de la belleza, el poder y el misterio de las palabras. David Eloy Rodríguez hace visible una vez más, con poemas que son “como la corriente / que lleva agua fresca”, un camino más justo y feliz por el que podríamos transitar todos si siguiéramos una sencilla sugerencia: “Llena tu alma, que el alma no rebosa”. Quien conoce al autor sabe que cada uno de sus versos sale de lo más hondo de la sangre, en congruencia con su vida; y quien escucha cómo los recita en escena con la Compañía de Poesía La Palabra Itinerante se pone de inmediato de parte de su canto. Un canto apasionado contra las múltiples formas de la muerte. Un canto por la vida en un mundo mejor.


Aquí podéis conocer el amplio e interesantísimo índice del número 23 de Nayagua.

Aquí el número completo de la revista para leer o descargar libre y gratuitamente: